miércoles, 9 de noviembre de 2011

Salvar la dignidad de la democracia. Papandreou pone a una Europa devastada ante el espejo. Un comentario al artículo de Frank Schirrmacher "La democracia es un trasto viejo". Por Jürgen Habermas

No hace falta estar de acuerdo siempre con las sorprendentes intervenciones del editor para desear desesperadamente que el efecto de su más reciente artículo sobre una democracia-trasto no se disipe con el rápido cambio de la escena. Su interpretación de las reacciones irreflexivas de nuestras elites políticas a la intención de Papandreou de dejar decidir al pueblo griego sobre la sombría alternativa entre la peste y el cólera ha dado en la diana. ¿Qué podría desenmascarar mejor la dramática situación de una clase política secuestrada por "los mercados" que la pomposa preocupación del jefe de personal de la UE y del Fondo Monetario Internacional sobre los colegas rebeldes de Atenas?.



Los principales actores en el escenario de la crisis de la UE y del euro, que se agitan desde 2008 atrapados en los hilos de la industria financiera, se manifiestan soliviantados contra un compañero de juego que se atreve a levantar el velo que oculta al títere que hay detrás de su demostración de músculo. Entre tanto el sujeto reprendido se derrumba. Esta vez no debemos olvidar lo que se puede aprender de esta obra de teatro. ¿Estamos realmente ante la afortunada victoria de los expertos sobre la temida ignorancia del pueblo y la de un actor que ha pretendido alzarse en abogado defensor del pueblo?.

Papandreou ha desistido de la intención de convocar un referéndum cuando su ministro de Finanzas, antes del amanecer, se convirtió en un Bruto. En la tarde de ese mismo día Reuters informaba de que el euro "ante la inminente caída del gobierno" se revaluó significativamente y las cotizaciones de las acciones subieron en las bolsas europeas. Ante todo esta peripecia, el giro en redondo de Papandreou, revela el significado cínico de este drama griego: menos democracia es mejor para los mercados. Frank Schirrmacher ha diagnosticado correctamente en este asunto el abandono de los ideales europeos.

De nuevo resulta impredecible si Papandreou superará o no el voto de confianza. Mientras tanto se ha difundido su declaración de que el referéndum no hubiera sido "un fin en sí mismo". Lo que queda es un rompecabezas que muestra tanto al héroe trágico como al político oportunista. No debería sorprender que la misma persona fuese ambos a la vez, encarnando el modelo de político que fracasa haciendo equilibrios entre el mundo de los expertos financieros y los ciudadanos. Hoy las élites políticas están sometidas a una prueba decisiva. Ambos caminan en direcciones opuestas: los imperativos sistémicos del capitalismo financiero salvaje, al cual los políticos previamente habían liberado de las ataduras de la economía real, y las quejas sobre el incumplimiento de promesas de justicia social, que les llegan desde el destrozado mundo real de su electorado democrático.



Las píldoras tranquilizantes ya están preparadas.

Por supuesto, en los estados liberales constitucionalmente construidos sobre los impuestos ha existido siempre una tensión entre democracia y capitalismo. Los gobiernos elegidos democráticamente solamente pueden recibir y adquirir legitimidad si inteligentemente encuentran el camino para que de alguna forma se pueda alcanzar un compromiso entre los imperativos de ambas partes: las expectativas de ganancias de los inversores y las expectativas de los electores que quieren que se alcance un justo punto intermedio en lo relativo a los niveles de vida, la distribución de la renta y la seguridad social. Pero en los tiempos de crisis resulta que ambos caminos están bloqueados. Y entonces los políticos deben confesar sus colores.

Naturalmente siempre están disponibles píldoras tranquilizantes ideológicas que evocan la idea de que el bienestar a corto plazo de los bancos y de los accionistas coincide con los intereses a largo plazo de los ciudadanos y de las demás partes interesadas. Pero hoy ningún político responsable debería engañarse a sí mismo. Los políticos que están culpando de la crisis bancaria a los países sobreendeudados e imponen a toda Europa programas de ahorro sin consideración a los sacrificios, tienen una visión incompleta. Ellos se dan cuenta de que el mecanismo de endeudamiento público ha alcanzado sus límites, pero no se preguntan sobre las causas de la necesidad de legitimación que el legislador ha satisfecho por esta vía.

La pretensión legítima de que en las sociedades del bienestar europeas no exista ninguna pobreza pública y ninguna parte de la población pobre y marginal al lado de la riqueza privada, no puede desecharse porque el excedente de capital líquido busque oportunidades de inversión y en algún momento deba ser recortada a expensas de los ciudadanos. A los políticos que sueñan en la vuelta al orden liberal intacto de una economía correctamente ajustada, pero autorregulada sin intervención política, les deberían recomendar la lectura de un ensayo de Wolfgang Streek en el último número de “New Left Review”. En él el Director del Instituto Max Planck de Ciencias Sociales de Köln indaga por qué el mecanismo de la deuda, que ahora ocasiona costes insoportables, ha reemplazado al mecanismo de la inflación que desde los años ochenta se había considerado de manera análoga como intolerable.

El defecto fundamental.

Papandreou tiene el mérito de haber situado durante un segundo de pánico el conflicto central, que hoy se ha vuelto a trasladar a las negociaciones arcanas y elusivas entre los Estados del euro y los lobbistas bancarios, bajo la luz de ese escenario en el cual puede ser compartido por los interesados. Precisamente cuando solamente existe la posibilidad de elegir entre peste o cólera, no puede retirarse el poder de decisión de las cabezas de un pueblo democrático. Esto no es sólo una cuestión de democracia, también está en juego la dignidad. Un articulista del "Financial Times", que en otros casos no trata con delicadeza a los ídolos de las altas finanzas, tras conocer el proyecto de referéndum expresó la sabrosa opinión de que una decisión de carácter político debe ser ante todo un asunto del Parlamento, mientras que solamente sería apropiado un referéndum en el caso de un cambio constitucional. ¿No debería votar la población griega, aunque sea tarde, sobre el cambio constitucional que supone la pérdida de soberanía que, como también en Irlanda y en Portugal, se ha producido ya desde hace tiempo por las imposiciones de la Troika formada por la UE, el FMI y el BCE?.

Papandreou es revelador y no solamente en el papel del héroe trágico. Como táctico del poder que quería ahogar las intrigas político-criminales de una oposición sin conciencia, ha puesto en evidencia la imprevisión de una Unión Europea desgarrada apenas una semana después de la supuesta Gran Solución. No es tanto una cuestión de ingobernabilidad sino del defecto fundamental de una unión monetaria sin unión política, ausente una capacidad de actuación supranacional que no ha podido ser alumbrada.

Los rescates que se van sucediendo en el mejor de los casos tienen un efecto retardatorio. Una solución auténtica a la crisis financiera no se puede alcanzar solamente con los medios de la política fiscal. La política europea solamente podría convencer con un diseño institucional verosímil para una integración gradual. A largo plazo parece que no hay otra salida a la crisis actual que la tardía regulación de los bancos y los mercados financieros. Las declaraciones de intenciones arrepentidas del G-20 en su primer encuentro en el año 2008 en Londres, no fueron seguidas por hechos.



Por un proceso constituyente europeo.

Falta la voluntad política para una unificación global porque faltan las instituciones que harían posible la construcción de una voluntad supranacional y la adopción de decisiones globales. También por este motivo los Estados de la Unión Monetaria Europea deberían considerar la crisis como una oportunidad y actuar seriamente con la intención de reforzar su capacidad de actuación política en los niveles supranacionales. El desastre griego es por ello un claro aviso contra el camino post-democrático que Merkel y Sarkozy han seguido. Una concentración del poder en una reunión intergubernamental de los jefes de gobierno, que oculta sus acuerdos del control de sus parlamentos nacionales, es el camino equivocado. Una Europa democrática que no debe adoptar en ningún caso la forma de un Estado federal europeo, debe tener un aspecto diferente.

Este proyecto no solamente exige imaginación institucional. El debate diferido sobre la necesidad y utilidad de un proyecto tal debe llevarse a cabo con amplia publicidad. Esto exige de las élites políticas algo más que el acostumbrado equilibrio entre los intereses de los ciudadanos y el asesoramiento de los expertos. El nuevo comienzo de un proceso constituyente exigiría sobre todo un compromiso de que se van a evitar las rutinas del oportunismo del poder y se van a asumir riesgos. es diferente de las rutinas de la Machtopportunismus y tomar riesgos. Esta vez los políticos deberían hablar en primera persona para convencer a los ciudadanos.

Una iniciativa como ésta sería pedir demasiado de la política y de la política de partidos, cuando éstas se han encerrado de hecho en un sistema autorreferencial y se han aislado en un entorno de actividad pública política ejercida como administración de un reservorio de votos. Entonces los parámetros de lo que en la esfera pública se asume como obvio podrían cambiar solamente como consecuencia de un movimiento social. Quien haya seguido la prensa nacional en América se quedará sorprendido por las reacciones que ha provocado el “Occupy Wall Street”.

No hay comentarios: